¡Qué común es ser diferente!

Los niños suelen expresar rechazo o tienen actitudes despectivas frente a aquello que ven como diferente. Esto significa que aproximarse de una manera positiva a la diversidad sociocultural que presentan los miembros del grupo de una clase es una actitud que requiere aprendizaje.

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La experiencia suele mostrar que el simple intercambio entre alumnos con puntos de partida culturales diferentes no resulta suficiente para incentivar actitudes y conductas respetuosas, solidarias y de integración positiva.

Pero tampoco es posible lograr una convivencia enriquecedora desde la imposición de un “deber ser” de tolerancia que ignore o encubra los sentimientos de rechazo, ya que todas las actividades que se apoyan en lo declarativo sólo logran un compromiso formal y momentáneo.

Por el contrario, será necesario reflexionar con los chicos sobre cuáles son los prejuicios y los miedos que surgen frente a lo desconocido, para ir fomentando la comprensión y evitar que realicen acciones que puedan humillar a algún compañero. Esta actitud es fundamental, teniendo en cuenta que la indiferencia -o el rechazo- sobre los aspectos culturales de cada alumno (es decir, sobre lo que él mismo representa como expresión de una cultura específica) puede, no solo afectarlo personalmente, sino también conducir, a largo plazo, al menoscabo de las bases que son necesarias para la formación de identidades colectivas.

Por estas razones, es preciso que día a día se concrete dentro del aula la valorización de cada niño y que se le brinde el respeto que merece, como elementos básicos para su desarrollo y como condición indispensable para la construcción de la vida democrática.

• Propósito

Esta actividad se propone favorecer la aceptación de las diferencias y el reconocimiento de la igualdad, a partir de la toma de conciencia del encuentro de cada uno con lo “extraño” y de la reflexión sobre las consecuencias que conllevan las actitudes de rechazo o de indiferencia.

Historia de un amor exagerado (fragmento)


Y empezó (la historia) en día jueves y en la segunda hora, en el preciso momento en que Santiago Berón, el más petiso, vio entrar por la puerta del aula de séptimo grado a Teresita Yoon, la nueva. A partir del recreo de las diez, Teresita Yoon, la nueva, también empezaría a llamarse Teresita Yoon, la china, pero, para decir verdad, era coreana.
Teresita Yoon, la nueva, era linda. O, por lo menos, linda lo que se dice linda le pareció a Santiago cuando la vio entrar con el delantal muy blanco y el pelo muy negro por la puerta del aula. Tenía mejillas redondas como bizcochos tostados, ojos largos como hojas de laurel salvaje y una sonrisa tan pero tan sonrisa [...]. Teresita Yoon, la nueva, entró un poco asustada, mirando tímidamente a todos con sus ojos de laurel salvaje. -¡Adelante -¡dijo la señorita [...]. Entonces, Teresita Yoon hizo una pequeña reverencia y dijo como quien canta: -An nienj. -y ahí estalló la primera carcajada. Una sola [...], y después un montón de carcajadas. -¿Qué decís? -chilló Gualberto-. ¿En qué hablás? -rugió Damián. Y se oyeron los cuchicheos y las risitas de dos chicas de por ahí cerca [...]. A Teresita Yoon los bizcochos se le pusieron rosados y las hojas de laurel salvaje se llenaron de agua. La señorita [...] se dio cuenta de que ya era tiempo de dejar la tiza y de acercarse a Teresita. Le rodeó los hombros con el brazo, miró muy enojada hacia el rincón de las carcajadas y dijo: -Teresita Yoon es coreana y nos saludó como se saludan todos en Corea. Ahora se va a quedar a vivir acá y va a aprender a saludar como nosotros.
La señorita sabía mucho de esas cosas porque tenía un novio italiano.

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