Iglesia y Estado laico
Me aflige que ella piense que no hay ciudadanos capaces de responder a ambas incógnitas o que el miedo las haga callar. ¿Miedo a qué o a quién? ¿Acaso no es este sistema, en el cual vivimos, una democracia? O, tal vez, sus preguntas sean un desafÃo para sacudir la modorra y el desinterés por la cosa pública, del que parece adolecer gran parte de la población de esta bella provincia.
Creo que la respuesta puede hallarse en que estamos sumidos en una espantosa confusión. Dicha confusión aparece por la falta de delimitación de los espacios: el público y el privado. El religioso y el secular. Hoy, las marchas parecen procesiones (velas, rezos, imágenes) y las procesiones parecen marchas ( la “Iglesia politológicaâ€. Ver O. Barone. Los Andes 27/8). Los versÃculos se usan para amenazar a un ministro con arrojarlo al mar; los cardenales y obispos dictan clases de Instrucción CÃvica y menean el Ãndice frente al rostro compungido de polÃticos cuyas conductas deberÃan reprocharse en los ámbitos adecuados, pero que no osan responder por miedo a perder votos.
Si de versÃculos se trata ¿por qué no recordar aquel de “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios†(Marcos Cap.12 vers.17) o “Ningún siervo puede servir a dos señores†(Lucas. Cap.16 vers.13), donde parece delimitarse con claridad lo religioso de lo polÃtico.
Sucede que muchos ven detrás de una sotana la voz de Dios y no hay polÃtico, por muy honesto que sea, que se atreva a discutir, frente a la masa votante, con esa supuesta voz.
Recuerdo con claridad y lo mÃo ya es memoria histórica, situaciones parecidas en la Argentina, cuyas consecuencias fueron lamentables y costaron sangre y lágrimas, que hoy -insensatamente-intentan repetir. Se agrava la reincidencia al coincidir con una etapa electoral de ánimos exaltados y conductas indeseables por la apetencia de poder, la cual no se limita a los polÃticos sino a todos aquellos que especulan con que el triunfo de tal o cual agrupación o alianza, le procure mayor margen de acción y de lobby.
En febrero de 1946, en las iglesias abundaban los sermones domingueros en que se instaba a votar, como católicos, a aquel partido que garantizara la enseñanza religiosa en las escuelas del Estado. El peronista era el único que la incluÃa en su plataforma electoral. Entonces, no se aconsejaba a quién votar sino a quién no votar, que viene a ser lo mismo. En 1955, en cambio, las circunstancias habÃan variado de tal forma, que el entonces presidente Perón fletó a dos monseñores de regreso al Vaticano, lo que le valió ser excomulgado. Se multiplicaron las organizaciones laborales y profesionales católicas, paralelas a las de la CGT y la procesión (¿manifestación?) de Corpus Christi, frente a la Catedral de Bs. As. marcó un rompimiento inevitable.
Lo que ocurrió después lo sabemos todos. Los viejos por viejos y los jóvenes por tradición oral o por estudio. A mà no me lo contó el historiador Pigna. Yo lo vivÃ. La Iglesia ayudó (junto a otros) a subir a Perón y ayudó a bajarlo. Es decir, se inmiscuyó, una vez más, en el ámbito secular.
Provengo de Córdoba. No soy peronista ni lo fui y su caÃda estuvo lejos de hacerme llorar. Pero recuerdo que los Comandos Civiles se reunÃan en el sótano de una iglesia, en pleno centro de la ciudad, donde guardaban las armas y que allà grabaron una marcha, que comenzaba: “En lo alto la mirada…â€, marcando el ritmo con golpes de puño sobre la antigua mesa de roble del sótano de dicho templo.
Un sacerdote es un ciudadano. Puede pensar, elegir y criticar a los polÃticos, tal como cualquier ciudadano. Pero cuando usa su mensaje para aglutinar gente, durante o después de un servicio religioso, ese derecho se torna en una intromisión en la vida secular.
¿Se va a la iglesia a votar y al partido polÃtico a rezar? Un delito es un delito y un pecado es un pecado. Un delito es siempre un pecado pero un pecado no siempre es un delito. La Iglesia ha callado muchas veces en que debió hablar. Y cuando digo Iglesia me refiero a las altas jerarquÃas.
Ese silencio de encubrimiento de sus sacerdotes le ha costado, a nivel mundial, millones de dólares de indemnización a las vÃctimas de los abusos. Y a nivel nacional, cabe preguntarse ¿qué pasa con el juicio al cura Grassi? O ¿por qué monseñor Storni goza de libertad en un cómodo retiro? ¿Es que se ve la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, como consta en el Evangelio?
La pregunta respecto de que la Iglesia sea la institución opositora a la que más teme el Gobierno lleva a pensar que está actuando como partido polÃtico. Las confusiones de roles están a la orden del dÃa. La Dra. Carrió sale de Tribunales aseverando que el comulgar cotidianamente le dio el coraje para hacer sus denuncias. El ex dictador Videla también lo hace (¿se habrá arrepentido?). Mientras que el Dr. Monner Sans no habla de su religión, que pertenece a su vida privada, cuando efectúa, una y otra vez, denuncias contra la corrupción. Tampoco pretende ningún cargo público.
No defiendo a los polÃticos. El hacerlo en plural significarÃa que acepto que sean una casta o una corporación. Ellos deberÃan ser lo que les indica la ley: mandatarios. El mandante es el pueblo. Ese pueblo formado por individuos que, en su vida privada, pertenecen a una u otra religión o son ateos, pero que en su vida pública son ciudadanos. El pueblo puede expresarse, además del voto, por su activismo en partidos polÃticos, universidades, sindicatos, ONG, fundaciones, etc. No tiene por qué ser invitado de piedra.
Los partidos viven una etapa de fragmentación. Como en la fábula del “parto de los montesâ€, de tanto ruido podrÃa salir algo importante o escapar un ratón…
Lo que considero un gravÃsimo error es que permitamos, una vez más, la confusión de lo que cae dentro del ámbito privado, como la religión, y lo que corresponde al ámbito secular, como la polÃtica. Un auténtico Estado laico nos librarÃa de este caótico panorama.
Susana Tampieri
http://www.losandes.com.ar/nota.asp?nrc=396447Â
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