LA REPRESION ILEGAL: EMBAJADOR DEL VATICANO EN LA ARGENTINA ENTRE 1974 Y 1980
Reivindican el rol del nuncio Pio Laghi durante la dictadura
Dos periodistas argentinos lo defienden en un libro presentado ayer. Y critican al Episcopado de la época.
JULIO ALGAÑARAZ. Roma. Corresponsal.
http://www.clarin.com/diario/1999/10/28/i-03401d.htm
Un verdadero proceso a las culpas, los silencios, las complicidades y las divisiones de las jerarquías eclesiásticas de la Argentina durante la última dictadura militar (1976-1983) se lee en la reivindicación que hace de la actividad de monseñor Pio Laghi, nuncio apostólico en nuestro país entre 1974 y 1980, el libro El cardenal y los desaparecidos, escrito por dos periodistas argentinos, cuya edición italiana fue presentada ayer en medio de una gran expectativa.
En las casi 200 páginas, divididas en una docena de capítulos, más una sección de testimonios y otra de documentos anexos, Bruno Passarelli y Fernando Elenberg reconstruyen los seis años en la Argentina del hoy ministro de Educación del Papa, cardenal Laghi, de 75 años, durante los años más terribles de sangrienta represión que se vivieron en la historia de nuestro país.
Los obispos Jorge Cassaretto (San Isidro) y Justo Laguna (Morón), asistieron y hablaron ayer en la presentación del libro, en la sede de la Prensa Extranjera de Roma.
También estuvo presente el arzobispo Jorge Mejía, bibliotecario y archivista de la Santa Romana Iglesia, que es el prelado argentino con más altas responsabilidades en el Vaticano.
El cardenal y los desaparecidos afirma que Laghi llegó a la Argentina en las peores condiciones, el 1 de julio de 1974. Acababa de morir Juan Domingo Perón y lo sustituía su tercera mujer, María Isabel Martínez, en la presidencia de la Nación.
Los autores cuentan que el papa Paulo VI había dado dos instrucciones a su nuevo representante en la Argentina, que venía de ser el Delegado Apostólico en Jerusalén. Estas dos instrucciones eran precisas:
1) Renovar las jerarquías episcopales, conservadoras y anacrónicas, haciendo entrar los vientos del Concilio Vaticano II.
2) Combinar esa apertura con un cierre hermético a la Teología de la Liberación y los sacerdotes del Tercer Mundo.
El libro recuerda que Laghi hizo amistad con monseñor Jaime de Nevares, obispo de Neuquén, y promovió al episcopado a muchos de los que hoy son los obispos del ala progresista, como Jorge Cassaretto, Justo Laguna, Alfredo Espósito, Jorge Novak, Miguel Hesayne y otros.
Los grandes personajes de la Conferencia Episcopal eran el cardenal de Buenos Aires, Antonio Caggiano; el cardenal de Córdoba, Raúl Primatesta; el arzobispo de Paraná, monseñor Adolfo Tortolo, y el arzobispo de La Plata, Antonio Plaza.Tortolo era vicario castrense y su vicario, monseñor Bonamín.
Ambos organizaron grupos de capellanes que se encargaban de confesar y absolver a los militares que secuestraban y asesinaban. Monseñor Tortolo negó que hubiera desaparecidos.
El grupo mayoritario de las jerarquías apoyó en parte el golpe militar y la represión que se desató, que como afirman los autores fue un frío programa de exterminio. El arzobispo de Rosario, monseñor Guillermo Bolatti, llegó a pedir que fueran reglamentados los derechos del hombre para adecuarlos a la emergencia nacional que vive la Argentina.
El arzobispo de La Plata pidió a los fieles que rezaran en favor de los gobernantes militares para que se pudieran extirpar a los malos argentinos sostenidos por fuerzas oscuras. Al papa Paulo VI, que en una audiencia le preguntó si estaban ocurriendo excesos execrables en la Argentina, monseñor Plaza le respondió: íNo, nada de esto Santidad! Son versiones falsas e infundadas que han puesto en circulación los que escaparon y se refugiaron en Europa.
El libro desarrolla la tesis y se apoya en documentos y testimonios para destacar que fue en este clima que actuó monseñor Laghi. Adolfo Pérez Esquivel y el periodista Jacobo Timerman, junto con casi todos los obispos progresistas que en minoría enfrentaron dentro de la Conferencia Episcopal a los militares durante la dictadura, defienden con distinto énfasis la actuación del nuncio.
Monseñor Laghi fue denunciado ante la Justicia italiana como cómplice activo de la represión por el sector de las Madres de Plaza de Mayo que preside Hebe de Bonafini, cuyo testimonio es también publicado en El cardenal y los desaparecidos.
Del desarrollo del libro, los testimonios y la documentación, se desprende una tarea minuciosa del Nuncio para elaborar listas de desaparecidos y detenidos y para salvar gente. Por ejemplo, se revelan las peregrinaciones: eran sacerdotes y laicos que con Laghi ayudaron a salir del país a un grupo de perseguidos.
Pero también se relata el aún oscuro episodio de la visita de Laghi a Tucumán y su encuentro con el general Antonio Bussi y casi un centenar de militares. En los diarios fueron publicadas declaraciones del nuncio que justificaban la represión.
Es muy interesante el testimonio de Emilio Mignone, que falleció en diciembre, padre de una desaparecida y un gran activista católico de los derechos humanos, quien se entrevistó varias veces con Laghi. Mignone rechaza las acusaciones de Hebe Bonafini de que el nuncio denunció gente y colaboró con el régimen. Mignone dice que eso no es cierto: él ayudó a mucha gente a salir del país.Pero Mignone, cuya hija desapareció para siempre como miles de católicos, considera débil y titubeante al representante del Papa, aunque considera que no lo debemos convertir en un personaje siniestro.
Otro punto controvertido fueron los encuentros de Laghi con el almirante Emilio Eduardo Massera, jefe de la Marina y miembro de la primera Junta Militar, con quien jugaba al tenis. Jacobo Timerman, que elogia sin ambages al nuncio, considera que socializar con los jefes de la dictadura era necesario para salvar vidas.
Timerman dice que soy grato al destino que me permitió conocer a Laghi, que vivió con piedad y gran sufrimiento interior todo lo que sucedía en torno a él.Adolfo Pérez Esquivel señala que Laghi trató con todos los medios a su disposición de presionar a la Junta Militar.Me consta que hizo lo posible por ayudar a la gente, por salvar vidas humanas. Por eso no estoy de acuerdo con los ataques contra su trabajo.Pérez Esquivel sostiene que Laghi le decía: Yo como diplomático no puedo sustituirme a los obispos de la Conferencia Episcopal, que frenaba todos los intentos de asumir posiciones de condena pública de la represión generalizada.