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Savater: “Una vida sin reflexión no es humana”

Lunes, Abril 28th, 2008

Haciendo gala de su innata capacidad de comunicador, en su casa madrileña, el filósofo español ratificó en su diálogo con LA GACETA su visión más bien pesimista sobre la condición humana, y opinó que las democracias menos corruptas lo son porque en ellas funcionan las sanciones. PROVOCADOR Y AGUDO. Savater, un intelectual del siglo XXI, aprovecha al máximo la exposición mediática para transmitir su visión del mundo. GENTILEZA IRENE BENITO

Fernando Fernández Savater nació en San Sebastián (País Vasco, España) en 1947. Enseña Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Ha escrito una cincuentena de ensayos, novelas y libros infantiles. Sus obras más conocidas son las que dedicó a su único hijo: “Ética para Amador” y “Política para Amador”. Es fanático del hipismo - su casa está repleta de cuadros de caballos - deporte que a menudo lo conduce hasta los hipódromos porteños de Palermo y San Isidro.

“La corrupción es el gran mal de la Argentina”


PROVOCADOR Y AGUDO. Savater, un intelectual del siglo XXI, aprovecha al máximo la exposición mediática para transmitir su visión del mundo. GENTILEZA IRENE BENITO Un escritor fanático de los caballos

Fernando Fernández Savater nació en San Sebastián (País Vasco, España) en 1947. Enseña Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Ha escrito una cincuentena de ensayos, novelas y libros infantiles. Sus obras más conocidas son las que dedicó a su único hijo: “Ética para Amador” y “Política para Amador”. Es fanático del hipismo - su casa está repleta de cuadros de caballos - deporte que a menudo lo conduce hasta los hipódromos porteños de Palermo y San Isidro.

“La corrupción es el gran mal de la Argentina”

(Por Irene Benito, Madrid, Especial para LA GACETA).- Filósofo, polemista, escritor y profesor universitario, el español Fernando Savater ha viajado a Argentina una vez por año en las últimas dos décadas y media. “¡Más veces que José Ortega y Gasset!”, exclama con una sonrisa estrepitosa y luego admite que es muy difícil terminar de conocer un lugar. “Hay gente que llega a Bilbao, está dos días allí, y cree que por eso ya conoce el País Vasco. Y lo peor es que vuelve a casa con una teoría”, ejemplifica. Pero Savater, que tiene una abuela porteña, no se abstiene de opinar: “tras la terrible crisis de 2001 hubo un primer momento en el que los argentinos parecían más contentos; y ahora, otra vez, se habla mucho de corrupción. Este es el gran mal de Argentina; el cáncer verdadero de las democracias latinoamericanas”. Según el autor de “Ética para Amador”, no hay diferencias objetivas entre una democracia europea y otra latinoamericana porque los textos constituciones son los mismos. Explica: “no obstante, en Europa hay menos corrupción, no por la bondad del europeo, sino porque hay obstáculos. Tengo una visión muy pesimista: todos somos todo lo malo que nos dejan ser. Si la gente ve que la corrupción queda impune, entonces habrá muchísimos casos. En cambio, si ve que el que se corrompe recibe 30 años de cárcel, habrá menos”.

- ¿Qué debería hacer Argentina para extirpar ese cáncer?
-Luchar en serio contra la corrupción y ser consciente del problema, pero no tanto de la corrupción de los otros, sino de la de cada cual. A veces siento que todos son muy sensibles a la corrupción del partido de la oposición, pero incapaces de verla en el propio, donde la corrupción parece hasta normal, lícita y dirigida por buenos deseos. Hay que luchar contra la corrupción propia, la de los otros y la de todos.

Savater recibe a LA GACETA en el salón de su hogar madrileño. Parece recién duchado y a lo mejor lo está, a juzgar por la ligera bata verde a cuadros que viste con descuido. Detrás de los anteojos con marco naranja -su santo y seña- hay un hombre con ojos pequeños y muy expresivos, que desbordan en miradas perdidas y en nerviosos parpadeos. Sobre todo cuando aborda la política, que considera una obligación ciudadana. Savater, que pasó una temporada en la cárcel durante la dictadura de Francisco Franco y milita desde siempre contra el terrorismo de ETA, participó el año pasado de la fundación del partido político “Unión, Progreso y Democracia” (UPyD). Pero enseguida confirma que no tiene intenciones de presentar candidatura. Enuncia: “ya soy muy viejo para cambiar de oficio. Aspiro a mostrar que uno puede ser político de muchas formas, y no sólo accediendo a un ministerio o a un escaño. Es posible ejercer la política interesándonos por ella, manifestando nuestra opinión, comprometiéndonos públicamente, sin necesidad de ocupar un puesto en las instituciones”.

- ¿Qué principio anima a UPyD?
- La paradoja de la política española es que los dos partidos más grandes ( Partido Popular y Partido Socialista Obrero Español) nunca han logrado gobernar solos. Y como no se juntan entre ellos, salvo los casos de mayorías absolutas, que son muy raros e indeseables, lo que hay es siempre una mayoría relativa que necesita el apoyo de las mayorías nacionalistas vasca, gallega y catalán. En último término, la gobernabilidad del Estado depende de los grupos que no creen en el Estado español. Por el contrario, UPyD quiere reforzar la imagen de una nación de ciudadanos y no de ciudadanías dispersas.

- ¿Por qué los políticos tienden a realizar promesas?-
- Cuando uno está metido en temas de campaña electoral te preguntas a menudo por qué no puedes decir a la gente las cosas tal como son: “creo que esto puede funcionar, pero si no anda, intentaremos otra cosa” o “tenemos algunas ideas pero no estamos completamente seguros”. No, hay que dar la impresión de que está todo resuelto, porque la gente no tolera la duda, la incertidumbre, el tanteo, que seas frágil y vulnerable. Sería lógico que un jefe sea como el resto de la gente y que prometa su buena voluntad, su capacidad, su honradez sin más, y que rechace la idea del superhombre. Pero un candidato tan razonable nunca sería elegido, porque en el fondo la gente que se queja quiere alguien que prometa milagros, aunque de antemano sepamos que no los podrá cumplir.

Savater es pionero en el afán de escribir con sencillez sobre cuestiones complejas como la ética y la filosofía; saberes que hasta no hace mucho estaban sólo reservados a los sabios y expertos. Dueño como pocos del don de la didáctica, asegura que aunque a veces no sea un acto consciente todos los seres humanos filosofan cuando se preguntan sobre la naturaleza, la justicia, la verdad, la muerte y el tiempo.

- ¿Para qué sirve una dosis diaria de filosofía?
-Ayuda a que hagamos nuestras cosas de manera más humana. Sócrates decía que una vida sin reflexión no merecía la pena ser vivida. Una vida sin examen no es humana, es automática. Los animales, a lo mejor, son más felices que nosotros porque nunca se preguntan si deben ser así o de otra manera. Cumplen un programa evolutivo y ya está. Nuestro programa, en cambio, incluye el hacernos preguntas sobre el por qué del programa. No es que esto nos haga más o menos felices, o mejores o peores, sino que el modo humano nos exige pensar en las cosas que hacemos y hacerlas pensándolas.

- Pero ahora no hay tiempo para reflexionar…
-Uno siempre tiene tiempo para lo que quiere. En el “timing” del día nunca hay espacio para las cosas importantes; nunca anotamos en la agenda que de 7 a 8 hay que enamorarse y de 9 a 10, pensar sobre la existencia.

Tenemos que luchar para tener tiempo para las cosas que amamos. En el fondo, esta es una excusa para huir de asuntos complicados que no queremos afrontar. Nunca creo a la gente que dice que no tiene tiempo para estar con sus hijos. ¡Pues no tenga usted hijos! Vaya pretexto… ¡Como si hubiese algo más importante que estar con los hijos! Algunos prefieren dedicar tiempo a chatear o a hablar por celular. Eso es comunicación, progresos que nos permiten estar más cerca de las personas que queremos. Todos los que están en contra de estos avances hacen mala retórica: no es cierto que nos vaya a devorar internet. Algunos están más ocupados de lo trivial que de los problemas reales que tiene la humanidad.

Se le pregunta qué espera del siglo XXI. Contesta en el aire (y con una familia de palabras): “nunca espero nada porque creo que los hombres libres no deben pasarse la vida preguntándose qué va a pasar sino qué pueden hacer. La gente que se frustra es la que espera que pasen cosas. Pasará lo que dejemos que pase, pasará lo que nosotros hagamos que pase. Si no hacemos lo que queremos que pase, nada pasará. Si no colaboramos en detener aquellos males que no queremos que ocurran, ocurrirán. En ese sentido, la decepción nunca es contra el mundo sino contra uno mismo, que no hizo lo que debía hacer”.

http://www.lagaceta.com.ar

Martin Amis: “La ideología, como la religión, son destructivas”

Domingo, Abril 27th, 2008

Fuente: Diario Perfil - Por Analia Hounie

Es uno de los escritores más famosos y polémicos del mundo. Por sus novelas fue tildado de machista, misógino y antisemita. Acaba de publicar “House of Meetings”, está escribiendo una novela autobiográfica, “The Pregnant Widow”, y prepara una compilación de sus ensayos políticos sobre los atentados del 11-S, cuyo título será “The Second Plane”. En esta entrevista habla de literatura, pero también de amor, de la muerte y de la conflictiva relación con su padre.


Además, adelanta que viajará a Buenos Aires para la Feria del Libro de 2008.

(…) Ocho en punto. La cena está servida. Isabel aguarda. Amis me escolta a la noche afuera del cuarto y antes de despedirse, me dice que visitará Buenos Aires en abril invitado por la Feria del Libro. Le pregunto si lee a autores argentinos y responde que a uno: “Soy fanático de Borges. Con mi amigo Ian McEwan celebramos a Borges en la Biblioteca de Londres. Leímos extractos de Las ruinas circulares y de Funes, el memorioso. Hermoso cuento, tan gracioso, tan astuto. Pero Las ruinas circulares es trágico. Funes es trágico también, pero es muy gracioso. Borges es Dios”.Disparen contra el escritor

Martin Amis es conocido por sus polémicas opiniones políticas. “El fundamentalismo islámico es aburrido”, ha dicho y lo vuelve a decir. Pero, ¿acaso nuestro multiculturalismo políticamente correcto no es también extremadamente aburrido? Amis no duda: “Sí, el debate es muy aburrido. Es tan deshonesto. Si acusás a alguien de racismo, eso derrota cualquier otra consideración”. En agosto de 2006, poco después del frustrado intento atribuido a islamistas fanáticos de hacer explotar diez aviones comerciales sobre el océano, Amis declaró en una entrevista con The Sunday Times: “La comunidad musulmana tendrá que sufrir hasta que ponga en orden su propia casa. ¿A qué sufrimientos me refiero? A no dejarlos viajar, limitar sus libertades, registrar a todos los que tengan aspecto de originarios de Oriente Medio o Pakistán…”. Las respuestas no tardaron en llegar. El mes pasado fue acusado de islamofobia por una columnista musulmana del diario The Independent. “Estos días es posible encontrar a quienes abominan del islam lo mismo en los clubes Garrick o Groucho (famosos clubes londinenses que reúnen a artistas y escritores, entre ellos al propio Amis y sus amigos Ian McEwan y Salman Rushdie) que en las covachas de los neofascistas”, escribía Yasmin Alibhai-Brown. El crítico literario Terry Eagleton acusó a su vez a Amis de “perseguir y humillar” al conjunto de los musulmanes para que “vuelvan a casa y enseñen a sus hijos a ser obedientes al hombre blanco”. No es la primera vez que Eagleton ataca a Amis: “Amis hijo ha aprendido de Kingsley, un racista y patán antisemita, borracho que vilipendia a las mujeres, los homosexuales y los liberales, algo más que hacer una frase bonita”, escribió en la introducción a su Ideología. “El tipo que me atacó es de la vieja izquierda –dice Amis sin nombrarlo–. Es marxista. Y mi padre perseguía ese tipo de cosas. El tipo que yo trato de perseguir es también de izquierda blanda, es un apologista. Tiene una postura “moralmente superior”. Yo me considero de izquierda, pero de izquierda racional, de izquierda realista.

La violencia del Estado

El último libro de Amis, House of Meetings, aplaudido por la prensa británica como su mejor novela o, al menos, la mejor desde Campos de Londres, es una continuación de Koba, el temible: el autor vuelve a desplegar aquí los rigores de la política stalinista en la vida cotidiana durante el “experimento soviético”. Escrita en “inglés-inglés”, como subraya el narrador, relata la conmovedora historia de dos hermanos en un campo de trabajos forzados en la desolada región ártica de la ex Unión Soviética.

–¿Por qué, entonces, no se refirió más a los historiadores “revisionistas” que focalizan en el “stalinismo diario”, como Sheila Fitzpatrick, Oleg Naumov o Paul Getty?

—Perdón, ¿qué revisionistas? Ni siquiera conozco esos nombres. Había escrito Koba, el temible, y de pronto sentí que tenía algo más que decir. Pero no sentí que era un historiador, era un novelista. Quería transmitir cómo el Estado irrumpe en tu cara, se mete en tus glándulas, en tus nervios y cómo tus elecciones tienen que ver con el Estado, la violencia del Estado, el miedo al Estado. A eso se refiere la novela. Koba, el temible es como un show de terror. Es mi trabajo. Es oscuro. Es crudo. Es pesimista.

Legislatura y religión

Jueves, Abril 10th, 2008

En la edición de Los Andes del 27-02-08, el Sr. Cristóbal Asensio contesta mi carta : “Teorema”. Es bueno que se debata. Es bueno que se disienta y se exprese el disenso en forma respetuosa. Siento que el Sr. Asensio piense que desconozco que “católico” significa “universal”.

En la edición de Los Andes del 27-02-08, el Sr. Cristóbal Asensio contesta mi carta : “Teorema”. Es bueno que se debata. Es bueno que se disienta y se exprese el disenso en forma respetuosa. Siento que el Sr. Asensio piense que desconozco que “católico” significa “universal”. La Iglesia se encargó de que tuviera ese significado, eliminando todas las interpretaciones cristianas divergentes. Basta con enterarse de lo que les ocurrió a los albigenses, por ejemplo. Luego vino la Reforma, etc.

Pero ése no era mi tema, Sr. Asensio. Mi tema es que el recinto de la Legislatura debe ser un espacio laico porque pertenece a todos los habitantes, practiquen la religión que quieran o ninguna. Es el recinto del pueblo. La etimología de Parlamento es “parlar”: hablar. Donde la libertad de palabra, que es la expresión más acabada de la libertad de conciencia, debe tener su centro. No es un espacio religioso sino cívico. Cívico quiere decir: ciudadano. La acepción de laico, entonces, es neutral. En Semana Santa la Iglesia Católica tuvo a su disposición la Peatonal Sarmiento y las calles que siguieron la procesión. Las calles también son de todos.

Sin embargo las monopolizó. Ya ve Ud., ¿con eso no basta? ¿No basta la misa frente al Hospital Central donde, imagino, hay personal y enfermos de todo tipo de convicciones religiosas o de ninguna? ¿No basta con el Calvario y adyacencias? ¿No basta con todas las iglesias de la provincia? ¿También deben monopolizar el recinto del Poder Legislativo?

El Vicegobernador es presidente del Senado. Debiera ser el primero en respetar la independencia de un lugar que no está destinado al culto de ninguna religión, porque hay otros espacios para ellas. Se está invadiendo -incorrectamente- lo que pertenece a la República. Estos errores no son menores. Indican una posición fundamentalista que debe preocuparnos. Que no terminemos en una república teocrática porque eso no estuvo en los planes de los que fundaron nuestra Nación.

Susana Tampieri - DNI 1.558.482

Acto católico en la Legislatura

Jueves, Abril 10th, 2008

En la edición del 24/3/08 la Sra. S. Tampieri, en una carta al lector, expresa su malestar por la invitación del Vicegobernador a la realización de un acto religioso en la Legislatura. Aduciendo que esta actitud de organizar e invitar a un acto religioso menoscaba el derecho a la libertad de cultos, o al laicismo. Ya que según esta señora, en la Casa de las Leyes estaría vedada la celebración de actos religiosos, aunque la molestia de la Sra. Tampieri pareciera tener un cierto tinte anticatólico.

Quisiera aclarar que la celebración de un acto religioso, católico en este caso, y cercano a una fecha tan especial para la cristiandad, no sólo me parece acertado sino que además significa un acto de apertura y acompañamiento en el sentir de una gran parte de la población por parte del Vicegobernador.

A la vez deseo explicar que “católico”, significa universal, o sea que es un llamado para todas y todos, sin excepción. Ese es el sentido del termino católico, universal: un mensaje de amor (con mayúsculas) para toda la humanidad.

En virtud de esto es que le agradezco al Vicegobernador por esta invitación y digo a los críticos de este tipo de actos que esperemos y veamos, ya que seguramente si este alto funcionario tuvo este acto de delicadeza para con los cristianos, seguramente tendrá el mismo detalle para con los fieles de otras creencias.

Cristóbal Asensio - DNI 26.945.466

Teorema

Lunes, Marzo 24th, 2008

Fuente: Los Andes - Susana Tampieri

24/03/2008 | Los Andes publicó mi artículo “Recordando a Giordano Bruno” el pasado 20 de febrero. Rescato un párrafo a cuento de lo que plantearé después: “La intromisión clerical en la vida privada de las personas; en sus creencias, sus estados civiles, sus elecciones sexuales, el dominio sobre sus cuerpos, se amplía. Se actúa como si el catolicismo fuera la única religión a la que una persona debe adscribirse y se asocia la patria a la Iglesia”.

Consideremos este párrafo como la proposición de un teorema (Teorema, según el diccionario Enciclopédico Labor, es “una proposición que afirma una verdad demostrable”).
La demostración -que es el paso siguiente- me llegó a través de una noticia breve publicada por Los Andes el 19 de marzo pasado, bajo el título de “Micrófono Oculto” que dice así: “Fiel a su estilo, el vicegobernador Cristian Racconto -por estos días a cargo de la Gobernación en ausencia de Celso Jaque- invitó a todos los empleados de la Legislatura a una misa por Semana Santa, para hoy a las 8.30, en el salón de los Pasos Perdidos de la Casa de las Leyes. La invitación dice textualmente: ‘Se invita a un momento de reflexión con el padre Matías, con motivo de la Semana Santa’”.

Corolario: En el mismo recinto republicano donde se elaboran las leyes para todos los mendocinos, sin discriminación ideológica, económica, racial o de cualquier otra índole, durante el horario de trabajo de un día hábil, se “invita” (las “invitaciones” de los jefes resultan tener una carga extra de imposición) a todos los empleados, a concurrir a una misa para que reflexionen.

¿Es ésta una teocracia o un gobierno republicano?.

Ya no quedan ámbitos públicos que no hayan invadido. Si usted profesa otra religión o ideología o es librepensador o simplemente no tiene ganas, debe encerrarse en su casa, bajar las cortinas y ponerse anteojeras y auriculares. Y si tiene medios: irse… irse al campo… al aire libre… donde impera el laicismo de la Naturaleza.
Si desea agregue otros corolarios.

Susana Tampieri DNI 1.558.482

URL http://www.losandes.com.ar/notas/2008/3/24/escribeellector-350799.asp

Recordando a Giordano Bruno

Lunes, Marzo 24th, 2008

Fuente: Los Andes - Por Susana Tampieri

La autora nos recuerda a Giordano Bruno, ejecutado por la Inquisición el 17 de febrero de 1600, a fin de rescatar la lucha por la libertad de conciencia, pensamiento y religión.

La “Associazione Nazionale del Libero Pensiero” y la “Consulta Torinese per la Laicità delle Istituzioni” organizaron sendos actos, uno en Roma, otro en Turín, el pasado 17 de febrero. Se trató de homenajes a Giordano Bruno, muerto en la hoguera de la Inquisición, en Campo dei Fiori, en 1600. El propósito es instituir esa fecha como Día de la Libertad de Conciencia, de Pensamiento y de Religión.

En 2000, en el cuarto centenario de muerte tan abominable, la Asociación Humanista-Ética Argentina “Deodoro Roca” -que presido- organizó algo similar, frente a la Biblioteca Nacional, en Buenos Aires. Hablaron Hugo Estrella Tampieri, secretario ejecutivo de la entidad; Emilio Corbière, (fallecido) vicepresidente, investigador prestigioso; Abel Alexis Latendorf, Legislador porteño; Alfredo Kohn Loncarica, de la UBA, a los que se agregó Ricardo Monner Sans, quien se encontraba entre el público y fue invitado a hacerlo. El epicentro del homenaje estaba en Roma, donde se mencionó nuestra iniciativa, entre las numerosas en todo el mundo.

Giordano Bruno, nacido en Italia en 1548, fue un fraile dominico, filósofo, poeta y dramaturgo, quien, por defender la tesis heliocéntrica del Universo, sufrió la persecución y cárcel de la Inquisición. Fue condenado, luego de siete años de languidecer en las mazmorras de Castel Sant’Angelo. En el camino al cadalso se le perforó la lengua con un perno, atornillado a sus mejillas.

Sus palabras y pensamientos eran peligrosos. Contradecían a las Sagradas Escrituras. ¡Anatema! Tal vez, Benedicto XVI, quien considera que Galileo Galilei tuvo un juicio justo, piense que también lo tuvo Giordano. Y, para Benedicto XVI, el gran hombre se estará rostizando en el Infierno, que es un lugar real.

Me pregunto, porque para eso estoy dotada de libertad de conciencia y de pensamiento, cómo se compadece esa afirmación con lo expresado por Juan Pablo II en 1999, respecto del Infierno: “No es un lugar sino la situación de quien se aparta de Dios” (Los Andes, 9 de febrero, pag. A18).

¿Y la “Infalibilidad Pontificia”, proclamada como dogma, en el Concilio Vaticano I, en 1870? Se estableció que regía para temas de fe, como éste. Era un mal año para el Vaticano, pero muy bueno para Italia… José Garibaldi había entrado a Roma por la Puerta Pía y vencido. La península se unificó políticamente y los enormes Estados Pontificios pasaron a integrarla. Sólo quedó el Vaticano, ratificado por el tratado de Letrán, firmado por Mussolini y Pío XI en 1929, más una indemnización de 85 millones de dólares.

La infalibilidad se estableció como dogma, aunque por un ajustado margen y mucha resistencia. ¿Y ahora?, me pregunto, ¿cuál concepto de ambos es dogma? Este papa, eliminó el Limbo para que hasta los embriones vayan al Cielo.

Usted se dirá -tal vez- que esto no es importante para alguien que no es católico. Pero no es así, porque inicia una campaña, cada vez más fundamentalista entre creyentes y no creyentes o disidentes o librepensadores o fieles de otros credos, por más que se hable de ecumenismo.

La intromisión clerical en la vida privada de las personas: en sus creencias, sus estados civiles, sus elecciones sexuales, el dominio sobre sus cuerpos, se amplía.

Se actúa como si el catolicismo fuera la única religión a la que una persona debe adscribirse y se asocia la patria a la Iglesia.

No hay más que leer las palabras de monseñor Candia, administrador apostólico del Obispado Castrense, al bendecir los sables de los miembros de las FFAA instituyéndolos, como argentinos, en soldados defensores de la religión católica. Se va al choque con las nuevas disposiciones respecto del ingreso a las mismas, de cualquier ciudadano sin investigar sus creencias.

Esto coincide con la demora en conceder el placet al propuesto embajador argentino ante el Vaticano porque es divorciado y vuelto a casar. Decisión privada que autorizan las leyes del país. ¿Y por qué se otorgan honores al tres veces casado y mediático presidente de Francia? ¿Será por haber incorporado su partido a la Democracia Cristiana Internacional, además de algunos otros favores? Lo del Dr. Iribarne resulta, entonces, vengativo. ¿Será por monseñor Baseotto, aconsejando al ministro de Salud que se arrojara al mar por pensar distinto?

Por eso me preocupa que Benedicto XVI nos mande al Infierno.

No legisla “para adentro”, legisla “para afuera”. Y no se puede uno quedar callado ante eso.

Así, la fecha del 17 de febrero se torna emblemática. Porque hubo un hombre, Giordano Bruno, un pensador extraordinario, autor de más de 22 tratados, un investigador que, a fuerza de genio, descubrió, por ejemplo, que el Sol era mucho más grande que la Tierra y, con Galileo, que ésta giraba en torno de aquél. Y fue asesinado por ello.

“En 1889, un grupo de partidarios erigió en el Campo dei Fiori, una estatua de bronce, fundida por Ettore Ferrari, en homenaje a Bruno, y la acción fue condenada sin mayores ceremonias por el Papa de entonces, León XIII. En una fecha tan reciente como 1942, el cardenal Mercati -el hombre que descubrió los documentos perdidos en los que se relata el juicio romano de Bruno- declaró que la Iglesia hizo muy bien quemando a Bruno porque éste se lo tenía merecido (de “Giordano Bruno, el hereje impenitente”, de Michael White).

Los que defendemos el laicismo deseamos una sociedad libre y abierta, donde cada persona tenga las creencias que quiera, o no las tenga. Siempre y cuando éstas no interfieran con las de los demás. Deseamos un Estado neutral, que lo aleje de tentaciones fundamentalistas y del monopolio de una u otra fe. Creemos que el desastre de las guerras de religión, que ocultaban ansias de poder y control, devastaron a continentes enteros. Y creemos que la historia no debiera repetirse. Los fundamentalistas necesitan un enemigo para cohesionarse. Y si éste no existe, lo inventan. Vemos, con preocupación, cómo se mezclan indebidamente los ámbitos religiosos y civiles y nos angustia que esto siga costando vidas.

Y me pregunto, con Domingo Faustino Sarmiento: ¿Por qué cuando la Iglesia dominó al mundo, no lo educó? Un mundo sumergido en el miedo y la superstición, con mayoría de analfabetos. Un mundo sin movilidad social.

¿Qué mejor final que las mismas palabras de Bruno, en “De Monade”, que suenan a despedida: “Había en mí algo que yo era capaz de hacer y que ningún siglo futuro negará me pertenece, aquello de lo que un vencedor puede enorgullecerse: no haber temido morir, no haberme inclinado ante mi igual y haber preferido una muerte valerosa a una vida sumisa”.

Pepe Rogriguez: Los pésimos ejemplos de Dios (Según la Biblia)

Sábado, Marzo 15th, 2008

Fuente: Pepe Rodriguez

Introito brevísimo

Vaya por delante que este libro está escrito en coautoría. El 90 % del texto es la palabra de Dios en estado puro, esto es, tal como se recoge en la Biblia, y el resto son simples comentarios de un pobre autor al que el Altísimo sólo dotó de sentido común, pero no de fe.

Si a algún lector no le gusta su contenido, que dirija sus protestas ante el autor de la Biblia, ya que este escritor no le ha cambiado ni una palabra a lo que los representantes autorizados de Dios certifican que dijo.

Escribir este libro no tendría ningún sentido si la Biblia se considerase una colección de textos inconexos procedentes de antiguas leyendas mesopotámicas y egipcias, y de tradiciones orales de pastores nómadas incultos —en relación al nivel que tenían la mayoría de las sociedades con las que se relacionaron y coexistieron— que, tras muchos siglos de remiendos y añadidos fueron recogidas, ampliadas y reelaboradas por «profetas» y clérigos muy listos al servicio de los intereses políticos, encubiertos bajo reformas religiosas, de reyes ambiciosos como Ezequías (1) o Josías (2). Pero no, tal como veremos más adelante, la Biblia es la palabra de Dios y él es el único inspirador-autor de todo lo que contiene esa colección de libros tan disparejos.

Me perdonará el lector el atrevimiento de confesar, de entrada, que el sentido común con el que Dios me creó y los conocimientos que el Altísimo ha puesto a mi alcance (3) me inclinan a pensar que nada hay de divino en la más humana de las obras. ¿Pero quien soy yo para llevarle la contraria a unos dos mil millones de cristianos que creen a pies juntillas que la Biblia la escribió Dios? Nadie, claro; ya me lo han dicho algunos católicos muy irritados a causa de otros libros míos; textos que aunque no han visto ni leído sí han repudiado preventivamente. ¡Qué cómoda es la fe de esa gente! ¡les evita leer montañas de libros —los míos no son los únicos que rechazan, ni mucho menos— al tiempo que les hace sentirse seguros y orgullosos poseyendo como capital más preciado todo lo que ignoran!

En esta ocasión, sin embargo, no cometeré la torpeza de cuestionar lo fundamental de la Biblia. Si unos dos mil millones de creyentes dicen que es la palabra de Dios, sea pues así. No se hable más. En todo este libro aceptaré sin la menor duda que cada uno de los textos, ejemplos, leyes, actos, conductas… que aparecen en las páginas de la Biblia son la palabra y la voluntad de Dios, la expresión de su carácter y la transmisión de sus enseñanzas más principales a través de los actos que confesó haber realizado directamente y de los que avaló, secundó y bendijo en los protagonistas bíblicos que el Altísimo escogió expresamente para llevar a cabo cada uno de sus planes para el mundo.

Para bien de los lectores, ante la eventualidad de que mi impericia natural para analizar lo sobrenatural —causada por la falta de fe que Dios me dio como cruz personal— me lleve a ver en los relatos bíblicos enseñanzas algo diferentes a las que dicen hallar doctos prelados y pastores de afamado prestigio entre su grey, y que, en consecuencia, acabe por sumirles en el error, en este libro se ha tomado la precaución de suministrar en todo momento la auténtica y genuina palabra de Dios, reproducida siempre en medio de un contexto generoso y literal, a fin de que cada cual pueda juzgar por sí mismo el contenido de los capítulos y de los versículos bíblicos aquí transcritos y, al mismo tiempo, pueda aquilatar la mesura o desmesura de las conclusiones —siempre discutibles— a las que llegó este autor.

Con todo, siempre consuela saber que las llamas del infierno pasaron ya de moda y, por el momento, no son la eternidad que aguarda a quienes no acatan la visión monocolor de la dogmática oficial. Así al menos lo dejó dicho el papa Wojtyla en agosto de 1999, cuando, tras regresar de sus vacaciones, en una audiencia semanal, declaró que «las imágenes utilizadas por la Biblia para presentarnos simbólicamente el infierno, como un horno en llamas o un estanque de fuego donde reina el rechinar de dientes, deben ser interpretadas correctamente. El infierno es la situación de quien se aparta de modo libre y definitivo de Dios». Pero ni este autor ni sus lectores pretendemos hacer tal cosa ¿cómo apartarnos de Dios si en todo este libro no haremos más que leer su palabra directa y eterna dándola por cierta?

Cualquier lector sensato podrá acusarme de insensato por tomar en su literalidad los relatos bíblicos, y le sobrará razón para ello, pero la cuestión no es si este autor ha descendido o no en la escala evolutiva sino el hecho de que, de modo expreso e intencionado, se ha prestado a hacer lo mismo que practican dos mil millones de creyentes, pero sin hacer trampas.

Me parece una indecencia intelectual y moral usar partes de la Biblia —a menudo meros fragmentos de un versículo— para tomarlos por «palabra de Dios» merecedora de adoración, mientras que la inmensa mayoría de los escritos bíblicos, incluso el contexto de las citas elegidas —que frecuentemente contradicen el significado dado a la mismas— se ignoran a sabiendas, o se reducen a letra profana tildándolos de poesía, metáfora, historia, tradición… Claro que la Biblia es todo eso, además de un compendio reelaborado y maquillado de mitos paganos muy diversos y bien conocidos, pero ¿por qué debe tomarse por «palabra de Dios» una parte de un párrafo y despreciar el resto considerándolo como mera paja o decorado? La dogmática católica y cristiana, tal como se verá más adelante, obliga a creer que cada palabra de la Biblia procede de Dios mismo… aunque los exegetas autorizados recortan y retuercen esa «palabra de Dios», que es inmutable —dicen—, por donde les da su santísima gana.

Cuando uno se ha leído la Biblia varias veces y con espíritu analítico, no puede menos que darse cuenta de que es el más contradictorio de los libros, ya que a cada afirmación en un sentido se le puede encontrar otra o varias en sentido contrario ¡y todas realizadas por el mismo Dios, claro está!

Es bien conocido el mandato divino que Dios le dio a Moisés dentro del decálogo y que podemos leer, por ejemplo, en el Deuteronomio: «No matarás» (Dt 5,17) (4).

Pero resulta que el mismo Dios, unos capítulos después, y también bajo forma de ley que recibió Moisés, impuso para su cumplimiento que: «Si un hombre tiene un hijo rebelde y desvergonzado, que no atiende lo que mandan su padre o su madre (…) sus padres lo agarrarán y llevarán ante los jefes de la ciudad, a la puerta donde se juzga (…) Entonces todo el pueblo le tirará piedras hasta que muera» (Dt 21,18-21).

Y, sin pretender ser exhaustivos, ese mismo Dios, un poco antes, en Números, le ordenó al mismísimo Moisés: «”Apresa a todos los cabecillas del pueblo y empálalos de cara al sol, ante Yavé; de ese modo se apartará de Israel la cólera de Yavé” (…) Yavé le dijo entonces a Moisés. “Ataca a los madianitas y acaba con ellos (…)» (Nm 25,1-17).

¿No matarás? ¿Palabra de Dios? ¿Cuál es la palabra de Dios? ¿La que prescribió no matar? ¿La que legisló que debía matarse a los hijos desobedientes sólo por serlo? ¿La que ordenó matar brutalmente por empalamiento y exterminar a todo un pueblo? En todos los casos fueron mandatos directos de Dios a Moisés, dados para su cumplimiento inexcusable.

¿Por qué razón debe hablarse sólo del primer mandato divino y callar sobre los otros? ¿Dónde está escrito que las cientos de miles de muertes que relata la Biblia, y que el propio Dios se adjudicó como obra personal, fueron una especie de broma, o de tradición histórica exagerada, y que lo único que legisló Dios fue el «no matarás»? O Dios dijo todo eso y más, o no dijo nada de nada. Los creyentes piensan que Dios dijo todo lo que aparece en la Biblia. Bien. Pues punto en boca…

Sólo que, si puede tomarse por divina, literal, cierta e imperativa la frase citada, «no matarás» —así como otras muchas con notable fama entre la grey—, la decencia intelectual y moral de la que antes hablaba obliga a tomar también por tales al resto de palabras, frases y mandatos que, según Iglesias y exegetas, se contienen en la Biblia por ser, precisamente, la depositaria de la palabra cierta, fiable e inmutable de Dios.

En el próximo capítulo volveremos sobre este particular. Aunque antes, por si los lectores no lo conocieren, introduciré unos pocos datos muy básicos acerca de la Biblia, sobre su formato y sobre sus muchas y variadas versiones.

Algunos datos básicos previos sobre la Biblia y sus diferentes versiones

La palabra Biblia procede del término griego que significa “libros”, un plural que indica que no se trata de un libro sino de una colección de muchos libros, que varían en número, títulos y hasta en versículos en función de ser una Biblia hebrea, católica o protestante.

Del griego biblía, libros, se originó el latino biblia. El nombre deriva del soporte en el que se escribían esos textos, que eran rollos de papiro denominados biblos (por ser importados de la ciudad fenicia de Biblos). La colección de rollos de papiro, o libros, conteniendo los diversos textos que la conforman, fue denominada, en la propia Biblia, como Escritura o Escrituras, aunque en el Nuevo Testamento también fue citada como Santas Escrituras (en Rom 1,2).

El paso de ser considerada una colección de libros, en plural, al de tenerla por un solo libro, tal como se considera hoy a la Biblia, se debió a que teológicamente quiso verse en esos textos tan diversos una sola unidad de proyecto y redacción «que revela una conducción inteligente, que no dejó de operar durante los más de mil años de su redacción». Comúnmente se tiene a Juan Crisóstomo (347-407 d.C.) como el primero que usó el término Escritura en el sentido singular y unitario recién citado.

Las sagradas escrituras del judaísmo actual se dividen en tres partes, Torah o Ley (5 libros), Profetas (21 libros) y Escritos (13 libros) y, obviamente, no incluye la colección del Nuevo Testamento. La forma y composición actual del canon judío se atribuye a Esdras (c. 458 a.C.).

La Biblia católica y ortodoxa —siguiendo la tradición de la Septuaginta, la primera traducción al griego del Antiguo Testamento, realizada en el siglo III a.C.— incluye libros que no figuran en el canon hebreo, tales como Tobías, Judith, Sabiduría, Eclesiástico y I y II Macabeos y añade fragmentos importantes al libro de Daniel, al de Ester y al de Jeremías, son los textos etiquetados como deuterocanónicos. En total, la Biblia católica contiene 73 libros (46 en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo Testamento).

La reforma protestante de Lutero (siglo XVI) limitó la Biblia a los libros del canon hebreo, aunque conservaron los añadidos del canon católico en otra categoría, bajo la denominación de apócrifos.

Resulta obvio que los libros de la Biblia no fueron escritos en el actual formato ni en el orden que guardan los textos actualmente. El idioma original de los textos del Antiguo Testamento fue el hebreo, aunque algunas partes de Esdras o Daniel se redactaron en arameo. El Nuevo Testamento se escribió en griego. Lo que queda de los soportes materiales más antiguos es apenas nada (5), y los libros actuales proceden de traducciones, de traducciones, de traducciones…

La actual división de la Biblia en capítulos y versículos no procede tampoco de los textos originales, ya que se debe al inglés Stephen Langton, erudito bíblico y arzobispo de Canterbury, que, hacia el año 1200, unificó, revisó y reformó los sistemas de división más antiguos (la división del Antiguo Testamento en versículos se originó en el siglo VI o VII). La Biblia más antigua conocida que incorpora las divisiones de Langton fue publicada en 1231.

El concepto «testamento» que sirve para denominar las dos divisiones de la Biblia cristiana —Antiguo Testamento y Nuevo Testamento—, deriva del latín testamentum, que fue la traducción adoptada para la palabra griega diutbeke, que en la práctica totalidad de la Septuaginta significa “pacto” (aludiendo al pacto jurídico entre Dios y su pueblo otorgado a Moisés en el desierto). Hacia finales del siglo II, entre los círculos cristianos comenzó a extenderse el uso de una nueva denominación para ambas colecciones de libros: palaia diatheµkeµ (Antiguo Testamento) y kaineµ diatheµkeµ (Nuevo Testamento). Al traducir al latín los textos griegos, autores como Tertuliano dieron a diatheµkeµ el sentido de instrumentum —documento jurídico— y también el de testamentum, que prevaleció a pesar de no ser un término exacto ni correcto.

En el ámbito católico y fundamentalmente en España, la lectura de la Biblia jamás ha sido propiciada desde las autoridades eclesiásticas, antes al contrario. Así, por ejemplo, ya en fecha tan temprana como el año 1223, un edicto del rey Jaime de Aragón prohibió leer las Sagradas Escrituras en lengua romance y daba un plazo de ocho días a cualquiera que poseyera alguna traducción —probablemente realizada por albigenses— para que la entregara a su obispo para ser quemada.

Esa prohibición, que afectó al pueblo llano y le sumió en la ignorancia bíblica hasta hace bien poco —una falta de cultura que ha propiciado que, incluso hoy, la inmensa mayoría de los católicos no hayan leído jamás la Biblia directamente—, no impidió traducciones al castellano tan notables —y elitistas— como la que se considera la primera versión castellana conocida de la Biblia completa, la llamada Biblia alfonsina, traducida desde la Vulgata latina y concluida en 1280 bajo demanda y protección del rey Alfonso X el Sabio.

Le siguieron otras muchas versiones, entre las que destacamos la llamada Biblia del rabino Salomón, fechada en 1420 y que sólo tradujo el Antiguo Testamento. La Biblia del duque de Alba, concluida en 1430, tradujo también el Antiguo Testamento bajo el auspicio del rey Juan II de Castilla. En la ciudad de Ferrara, en 1553, se tradujo al castellano el Antiguo Testamento para uso de los judíos españoles allí desterrados, es la que se conoce como Biblia de Ferrara. La muy notable e importante Biblia del Oso, también conocida posteriormente como de Reina-Valera, fue traducida por Casiodoro de Reina, un monje del convento de san Isidoro del Campo (Sevilla) que se hizo protestante y publicó su versión bíblica en 1569, en Basilea (Suiza). La primera versión castellana completa de la Biblia acometida por un sacerdote católico fue la de Felipe Scío de San Miguel, obispo de Segovia, publicada en 1793, en Valencia, y traducida desde la Vulgata bajo encargo del rey Carlos IV.

Han sido muchas las versiones al castellano que surgieron a partir de la publicación autorizada por la Iglesia católica de la obra de Scío —como la conocida versión que lleva el nombre de Torres Amat, obispo de Barcelona, traducida desde la Vulgata y publicada en 1825—, todas intentan aportar algo nuevo, ya sea un lenguaje o una estructura discursiva más comprensible para el lector moderno, o mejoras en la traducción de ciertos pasajes merced a nuevos conocimientos académicos, pero a pesar de las fuentes originales que casi todas las versiones se arrogan, la comparación de más de una veintena de versiones castellanas sugiere que hay bastante más plagio de las traducciones castellanas clásicas del que los autores modernos están dispuestos a reconocer.

La diferencia más fundamental entre las diversas versiones bíblicas reside, precisamente, en todo aquello que no es Biblia, esto es, en la exégesis, en los comentarios, anotaciones e interpretaciones de los textos.

Esa exégesis, pretendiendo orientar y situar al lector —cosa que muchas veces logra, y es de agradecer—, lo que busca realmente es mantener su capacidad de comprensión cautiva dentro de estrechos márgenes doctrinales, a fin de que determinados versículos no se tomen en su sentido literal y con su valor contextual —que es el único histórico e indiscutible— sino que se perciban y asuman tal como cada tradición religiosa posterior, muy interesadamente, forzó y manipuló para así poder construir y justificar decenas de creencias absolutamente ajenas a la Biblia, pero impuestas como fundamentadas en ella. Esa manipulación grosera de textos bíblicos es particularmente evidente en algunas versiones católicas, entre las que la traducción de Nácar-Colunga alcanza cimas gloriosamente patéticas (6).

En todo caso, dado que no existe “la traducción”, que no hay una versión que sea un referente indiscutible, para escribir este libro se ha trabajado con una amplia variedad de traducciones de la Biblia —en concreto doce, a las que se suman diferentes revisiones de las mismas, además de la Torah, según versión de la Universidad de Jerusalén, y la Septuaginta, en versión de Guillermo Jünemann—, que a menudo debieron compararse entre sí a fin de comprobar y confirmar el sentido de palabras o versículos más o menos abstrusos; y con no menor frecuencia se ha tenido que acudir a obras de referencia como el Strong’s Hebrew and Greek Dictionaires, y a otros diccionarios bíblicos especializados —como los de Barclay; Bruce, Marshall y Millard; Hitchcock; Vine, Unger y White; etc.—, para asegurarse de que la traducción castellana se correspondiese con los conceptos originales usados en los textos hebreos o griegos disponibles, cosa que no siempre sucede debido a los frecuentes maquillajes ideológicos que salpican las versiones bíblicas.

Las versiones bíblicas consultadas para escribir este libro han sido las siguientes:
— Biblia Latinoamericana. Traducida por Ramón Ricciardi y Bernardo Hurault y publicada en 1972, en Madrid, por las editoriales San Pablo y Verbo Divino. La versión usada aquí es la de 1995. En Latinoamérica se la considera como la mejor Biblia a efectos pastorales, siendo de lectura fácil y amena. Por su calidad, pero también en recuerdo de la injusta persecución fascista que sufrió (7), la hemos tomado como el texto de referencia para este libro.

— Biblia de Jerusalén. Traducida por los dominicos de L’Ecole Biblique de la Ciudad Santa, bajo la dirección de José Ángel Ubieta, y publicada en 1966 como Edición Española de la Biblia de Jerusalén. Es una más que excelente versión aceptada a nivel interdenominacional. La versión usada aquí es la de 1976; en formato digital se ha usado la de 1998, editada por Desclée.

— Nueva Biblia Española. Traducción directa de los idiomas originales realizada por Luis Alonso Schökel y Juan Mateos. Se trata de una versión católica con lenguaje claro y moderno publicada en 1975. La versión usada aquí es de la de 1990, publicada por Ediciones Cristiandad.

— Santa Biblia. Esta traducción, conocida como de Reina-Valera, fue denominada inicialmente Biblia del Oso. Su autor, Casiodoro de Reina, monje del convento sevillano de san Isidoro del Campo, realizó la que fue la primera traducción al castellano de toda la Biblia desde de el hebreo, arameo y griego. Se editó en Basilea en 1569. La primera de sus muchas revisiones la hizo su compañero Cipriano de Valera y se publicó en Ámsterdam en 1602. Las versiones que hemos usado aquí son, en papel, la de 1960 y 1995, publicadas, respectivamente, por Sociedades Bíblicas en América Latina y Sociedades Bíblicas Unidas, y en formato digital las versiones de 1865, 1960, 1989, 1995 y 2000.

— Sagrada Biblia. Traducción hecha por Eloíno Nácar y Alberto Colunga, publicada en Madrid, en 1944, por la Biblioteca de Autores Cristianos. Fue la primera versión católica de la Biblia tomada directamente de las lenguas originales, aunque siguieron en buena medida la traducción y sintaxis de la versión de Reina-Valera. La versión usada aquí es la de 1979, publicada por Edica.

— Biblia de las Américas. Revisión de la versión Reina-Valera publicada en 1986 por The Lockman Foundation; tiene dos revisiones posteriores, 1995 y 1997, y una versión en español latinoamericano denominada Nueva Biblia de los Hispanos, publicada en 2005. Aquí hemos usado las últimas revisiones de ambas versiones.

— Santa Biblia Nueva Versión Internacional. Traducción directa de las lenguas originales realizada por un amplio equipo de expertos hispanohablantes bajo la dirección editorial de Luciano Jaramillo, y publicada por la International Bible Society en 1973. La versión usada aquí es la de 1984.

— Dios habla Hoy. Versión popular e interconfesional publicada por Sociedades Bíblicas Unidas en 1979, fue traducida, desde los idiomas originales, por un amplio equipo, en el que participaron expertos protestantes y católicos, coordinado por Eugenio A. Nida.

— Nuevo Mundo de las Santas Escrituras. Traducción realizada por la Watchtower Bible and Tract Society (Testigos de Jehová) en 1961. La versión usada aquí es la de 1967.

— Sagrada Biblia. Traducción de Félix Torres Amat publicada en Madrid, en 1825, bajo la autoría de Torres Amat, obispo de Barcelona, aunque en realidad fue hecha por el jesuita Miguel Petisco, que se basó en la Vulgata latina de san Jerónimo (siglo IV). La versión usada aquí es la de 1928, publica por Apostolado de la Prensa.

— King James Version of the Bible. Esta versión fue publicada en 1611 y fue la principal Biblia de los protestantes de habla inglesa hasta el siglo XIX. Aquí hemos usado la versión digitalizada en 1992 por David Turner, del Illinois Benedictine College, para la biblioteca virtual Project Gutenberg.

En cualquier caso, cada lector puede usar y revisar la versión o versiones de la Biblia que crea más conveniente, ya que, en lo fundamental de cada relato, y en lo que atañe a los textos bíblicos citados en este trabajo, no hay diferencias insalvables entre unas traducciones y otras.

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Notas:

(1) Ezequías subió al trono de Judá hacia el año 715 a.C. y reinó unos 29 años. Para recuperar la autonomía de su país y reforzar su identidad tras su vasallaje ante Asiria, emprendió una profunda reforma religiosa con la ayuda de redactores como el profeta Isaías —creador, entre otros aspectos fundamentales, de las bases del mesianismo davídico (Is 11,1-2)—, arrogándose legitimidad en base a las leyes y textos de la fuente bíblica denominada sacerdotal, que fue redactada para la ocasión —e introducida entre los textos de Génesis, Éxodo, Levítico y Números— y que es la responsable de cambios doctrinales y teológicos fundamentales respecto a las tradiciones yahvista y elohísta anteriores.

(2) Josías llegó al trono de Judá hacia el año 640 a.C., a la edad de 8 años (según la Biblia), y se quedó en él 31 años, alcanzando un prestigio cercano al del rey David. Al igual que hizo su predecesor Ezequías, emprendió una segunda reforma religiosa a fin de poder tener un instrumento político con el que vertebrar a su pueblo mediante una nueva ideología y una nueva ley divina. Los redactores de los nuevos textos ad hoc fueron profetas como Jeremías y Baruc, ambos prolíficos autores de los textos deuteronómicos. La joya de la corona fue el Deuteronomio, un marco legislativo que logró su fuerza para ser acatado al serle atribuida su autoría al tándem Yahvé/Moisés y que, para dar mayor credibilidad a la falsificación, se presentó como unos rollos hallados casualmente bajo los cimientos del templo de Jerusalén [Cfr. Rodríguez, P. (1997). Mentiras fundamentales de la Iglesia católica. Barcelona: Ediciones B, pp. 57-63].

( 3) Todo ello, claro está, en el caso hipotético de que algún dios hubiese creado algo alguna vez y de que se ocupase en algún momento de orientar alguna decisión o responsabilidad humana.

(4) Y que ya había sido incluido como ley en el decálogo que figura en Génesis, el segundo libro del Pentateuco: «No mates» (Ex 20,13).

(5) El manuscrito más antiguo hallado hasta hoy es un fragmento de Samuel, que se data en torno al año 225 a.C. El fragmento más antiguo del Nuevo Testamento, según algunos autores, es una pequeñísima tira de papiro con tres versículos de Juan que se data entre los años 125 y 150 d.C.; otros autores, a partir de los manuscritos hallados en las cuevas de Qumram, concluyen que éstos deben de ser anteriores al año 68 d.C., época en la que sellaron las cuevas donde se halló el material. En cualquier caso, el total del Nuevo Testamento que se conserva en soportes de papiro viene a ser un 67,48 % del volumen total.

(6) De algunas de las más notables e influyentes manipulaciones de versículos bíblicos este autor ya se ocupó en libros anteriores. Cfr. Rodríguez, P. (1997). Mentiras fundamentales de la Iglesia católica. Bar-celona: Ediciones B; y Rodríguez, P. (1997). Mitos y ritos de la Navidad. Barcelona: Ediciones B.

(7) Su primera publicación en 1972 fue autorizada por el obispo de Concepción (Chile), Manuel Sánchez, pero en 1976 sufrió una crítica feroz por parte de los prelados más fascistas de la curia argentina que estuvieron al servicio, y fueron cómplices, de la genocida dictadura militar de esos días. La campaña difamatoria contra la Biblia Latinoamericana se fraguó desde la revista Gente —que publicó la primera andanada el 26-08-1976— y desde el diario La Razón, controlado por la inteligencia militar. Los prelados que sostuvieron el acoso fueron Ildefonso Mª Sansierra (arzobispo de San Juan y promotor de la intervención de las Fuerzas Armadas en contra de esta versión bíblica), Adolfo Servando Tortolo (arzobispo de Paraná y vicario castrense), Antonio Plaza (arzobispo de La Plata) y Octavio Nicolás Derisi (obispo auxiliar de La Plata y rector de la Universidad Católica Argentina). A pesar de que esos prelados fascistas prohibieron la lectura de la Biblia Latinoamericana por ser «apócrifa, sacrílega, izquierdizante, subversiva, satánica y mortal», las críticas se limitaron a aspectos paratextuales, como la inclusión de fotografías actuales o su bajo precio y gran difusión. La Conferencia Episcopal Argentina, presionada por la dictadura de Videla, analizó la obra desde su Comisión Teológica y elaboró un informe (30-10-1976) en el que se concluyó que la traducción era sustancialmente fiel, aunque había unas pocas ilustraciones que consideraron inadecuadas (como las fotografías de un mitin en La Habana o de una calle de Nueva York, usadas para actualizar mensajes neotestamentarios); también rechazaron, a pesar de haber sido aprobado por la Santa Sede, la inclusión de partes del documento de la reunión del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) de Medellín, de 1968, crítico con la situación de pobreza y explotación de Latinoamérica. Ante ese ataque fascista injustificado, las conferencias episcopales de diversos países del continente americano salieron en defensa de la excelente traducción realizada por la Biblia Latinoamericana.